AHAE, FOTÓGRAFO DE LOS ORÍGENES

Anne-Marie García / Conservadora de Fotografía en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes de París

1816. Finca rural en Le Gras, Saint-Loup-de-Varennes, Francia. Después de ocho días de furtiva espera en su ventana, Nicéphore Niépce obtiene la primera imagen heliográfica producida por la luz solar. Niépce describe su labor: “Puse la cámara en el cuarto donde yo estaba trabajando. En frente de la jaula de pájaros, con la ventana abierta, conduje el experimento siguiendo el proceso que tú bien conoces, mi estimado amigo; y sobre el papel blanco vi toda la parte de la jaula que se podía ver desde la ventana y una imagen tenue del marco que estaba menos iluminado que los objetos en el exterior”. [1] Diez años más tarde, sobre una placa de peltre recubierta con betún de Judea, Niépce fija su “Vista desde la ventana en Le Gras”, la fotografía más antigua existente.

1836. Wiltshire, Abadía de Lacock, Gran Bretaña. William Henry Fox Talbot, el futuro inventor del calotipo, cuelga pequeñas cámaras oscuras en las ventanas de la casa de la familia y espera a que sus “ratoneras” – como la señora Talbot las llama divertida – se accionen y tomen fotos del jardín. También él trata de crear “copias de imágenes” que simplemente capturen, de forma instintiva, inmediata y pasiva, la vista exterior delimitada por el marco rectangular de la ventana.

2009–2013. Corea del Sur. Ahae se coloca junto a la ventana de su estudio, con la misma perseverancia, la mano sobre su cámara, disparando el obturador cada diez segundos. Siguiendo la tradición de Niépce y Talbot, Ahae retorna a los albores del acto fotográfico y a la esencia fundamental de la fotografía – “ventana perspectivista” y “la atracción instintiva por el mundo natural”. [2] Las técnicas han cambiado, con la llegada de las instantáneas y de otras tecnologías fotográficas, pero el enfoque, el gesto, el sujeto, e incluso la dedicación son los mismos. Tal retorno a los orígenes es excepcional en la historia de la fotografía. Otro fotógrafo, Joseph Sudek, parece haber precedido Ahae en este camino. Durante diez años Sudek fotografió el jardín fuera de la ventana de su estudio en Praga desde el mismo ángulo. Pero, utilizándola como su firma y sello distintivo, Sudek mantenía la ventana cerrada de manera que el filtro del cristal (metonimia de la hoja de vidrio sensible) está presente en cada imagen (serie “Escena desde la ventana de mi estudio”, 1944–1953). Ahae nunca cierra su ventana, de manera que ningún rastro de la presencia del hombre o de la autoridad del fotógrafo ejerza una influencia sobre el microcosmos que se le ofrece, ni pueda erosionar la inmanencia de su tema: la naturaleza.

Esta atracción incontenible de la realidad a través de la ventana de los orígenes de la fotografía no es trivial y guía a Ahae a mantener una aptitud fotográfica que le pone en perfecta armonía con los primeros fotógrafos.

Para empezar, el número vertiginoso de veces que el artista replica el nacimiento de la fotografía es significativo, con sus más de tres mil tomas por día. Ahae mira, espera pacientemente, y luego dispara. Ningún movimiento, ni evento, ni cambio se escapa a su atención. Ahae los recoge acumulativa y sistemáticamente. De manera independiente y desde el mismo sitio, repite indiscutiblemente lo que todos los fotógrafos del siglo XIX hicieron a escala universal y que, con entusiasmo, se esperaba de ellos: grabar el mundo existente al máximo para realizar la enciclopedia visual más completa posible. Fotografiaron todo: rostros, objetos, obras de arte, monumentos, obras de construcción, catástrofes naturales, desastres de la guerra, acontecimientos, seres humanos y modelos vivos. Capturaron, archivaron, documentaron y dieron testimonio. Impulsado por el mismo deseo de exhaustividad que alimenta un flujo continuo y diario de imágenes, Ahae desarrolla su propia enciclopedia del microcosmos que ama y dibuja una antología viva que relata, segundo a segundo, la historia íntima e invisible de su rincón natural. Es una antología, porque una imagen impresa oculta las otras miles que se han archivado. Mientras que la naturaleza se mueve y vive, su obturador fragmenta su curso lineal como la flecha de Zenón de Elea o las cronofotografías de Muybridge, Etienne Marey o Albert Londe.

La fotografía posee una relación muy especial con la realidad, y muchos debates surgieron en cuanto a su legitimidad artística durante el siglo XIX. Ejecuta mecánicamente lo que crea la mano del artista. Fundamentalmente – y este es el auténtico significado de las “ratoneras” de Talbot – la fotografía es la imagen que mejor imita la realidad. Es precisamente este poder mimético y esta eficiencia primitiva que interesan a Ahae, que los pone sin rodeos al servicio de su exploración de las corrientes subterráneas insospechadas de la naturaleza. Se impone a sí mismo un ritmo de fotogramas sin precedentes, manipulando unos cuarenta objetivos diferentes. Ahae trabaja a distancia cercana, sin trípode. Para no traicionar el sujeto fotografiado, sus tomas son “desnudas”, sin artificios ni efectos de luz. Básicamente, Ahae cultiva el logro físico y técnico, heredado de los fotógrafos imparables del siglo XIX. Su tenacidad y destreza son iguales a las de otros aventureros de la naturaleza, que, como él, encararon la búsqueda de lugares inexplorados: los hermanos Bisson sobre el Monte Blanco en 1860, con sus pilas de placas de vidrio, las emulsiones de gelatina y los cuartos oscuros, o los fotógrafos estadounidenses que siguieron la conquista del Oeste Americano, como Carleton E. Watkins, Timothy H. O’Sullivan y Eadweard J. Muybridge, que transportaban sus laboratorios móviles y placas enormes a lomo de mula.

Los instrumentos han cambiado, pero el deseo de capturar imágenes inéditas de una naturaleza virgen, primitiva, salvaje y pura requiere el mismo enfoque técnico y el reto físico. Tanto si escalan los glaciares alpinos, tropiezan a lo largo de los barrancos del valle de Yosemite, o se colocan con calma junto a un jardín privado, los fotógrafos de la naturaleza – de forma igualmente heroica – persiguen la misma búsqueda de lo inaccesible, lo nunca visto, o lo imposible de ver, desde detrás de sus objetivos.

Al retratar la naturaleza prístina sin modificarla, Ahae se define como un fotógrafo de los orígenes, tanto en términos de su método como en la elección de su tema. Fotografiando incansablemente la naturaleza restaurada a su “estado natural”, Ahae regresa a la génesis artística del tema del que partieron los primeros fotógrafos. Sus imágenes emanan la misma fuerza de convicción del “Estudio de la Naturaleza” de Gustave Le Gray, Paul Berthier, Alfred Briquet, Eugène Cuvelier, Charles Famin, Henri Langerock y Achille Quinet – fotógrafos que, entre 1850 y 1860, dejaban sus estudios y se encontraban en el bosque de Fontainebleau. Representada por Rousseau y los románticos en su esplendor original, la naturaleza dejó atrás el paisaje histórico para convertirse en taller del artista al aire libre. En concierto con los pintores que retrataban en vivo, los fotógrafos empezaron a fotografiar sus detalles: los tocones, arbustos, estanques, árboles, troncos, bosques, orillas y rocas. Sus fotografías, así como las de Ahae, están animadas con el mismo entusiasmo y resuenan con la misma música. Cerca de sus sujetos, las imágenes recrean su esplendor vital lo más fielmente posible. Las ventanas abiertas se convierten en espejos reflectantes que obtienen de esta relación mimética su poder estético, que los detractores del realismo no reconocían al medio fotográfico. Son impresionantes y vívidas, permeadas de la belleza y la vida de sus modelos. Tiemblan, vibran, se estremecen, titilan con la luz, y ondulan. Su belleza contagiosa despierta, en el espectador, una agudeza similar a la de su autor. Pero si, como Ahae, los fotógrafos antes de la llegada de la instantánea lograron representar, en todas las estaciones y durante varios momentos del día, el susurro de las hojas, la luz crepitante, las sombras en movimiento, el chapoteo del agua, la inestabilidad del ambiente, la variedad del sotobosque, y la profundidad de los caminos, encuadrando, sin que ella lo sepa , toda la belleza de la naturaleza palpitante, los tiempos de exposición, el peso y el volumen de los materiales fotográficos, y la incapacidad de pasar desapercibidos les impidieron ir más allá. Era imposible para ellos capturar el movimiento de un animal, la metamorfosis de las nubes, la oscuridad de la noche o los colores del día. Pero Ahae logra lo imposible. Con su dominio de la técnica, sus fotografías realzan la revolución que marca el devenir de la naturaleza como un sujeto artístico y consiguen lo que era imposible para el calotipo y los procesos al colodión. A veces, una confusión fortuita difumina las limitaciones técnicas y las imágenes mismas, como sucede cuando sus fotografías son surcadas por el vuelo frenético de un pájaro o por un ciervo brincando, o cuando, mediante el fotomontaje de dos negativos realizado para evocar mejor la realidad, las olas impetuosas de los paisajes marinos de Le Gray se irradian bajo increíbles cúmulos de nubes.

“Una belleza contagiosa”. El 13 de abril de 1861, los artistas de la Escuela de Barbizon obtuvieron un decreto que salvó 1.100 hectáreas de bosque de Fontainebleau de la deforestación y de la explotación industrial. En los Estados Unidos, las campañas fotográficas llevaron a la creación de parques nacionales. El primero fue creado en 1864 en el valle de Yosemite; unas décadas más tarde Ansel Adams lo fotografió con un cuidado meticuloso.

Durante dos años, Ahae ha estado exhibiendo, sin cesar, una selección de sus fotografías a un público más amplio. Sin lugar a dudas, sus imágenes están destinadas a suscitar la emoción de aquellos que las miran. Gracias a su belleza y a aquella del sujeto que retraen, quizá consigan transmitir ese contagio que su autor aprecia, un empresario con la preocupación constante del respeto por nuestro planeta. Mientras tanto, todos somos libres de experimentar la naturaleza pura vibrando en nuestro interior y seguir, si lo deseamos, la búsqueda de las reminiscencias que aquí se iniciaron y que intensificarán su emoción: reflejos en el agua evocando a Talbot, el tallado de una planta en el estilo de Karl Blossfeldt, o la poesía impalpable de un efecto difuminado, similar a la pintura.

Marzo 2013

1. Carta a su hermano del 5 de mayo de 1816, citada por Michel Frizot, Histoire de voir, París, CNP, 1989, p.10.
2. Michel Frizot, ibid.

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